martes, 30 de abril de 2013

Neruda: Confieso que he vivido



En el año de 1950 tuve que viajar a la India en forma inesperada. En París me mandó llamar Joliot Curie para encargarme una misión. Se trataba de viajar a Nueva Delhi, ponerse en contacto con gente de diversas opiniones políticas, calibrar en el sitio mismo las posibilidades de fortificar el movimiento indio por la paz Joliot Curie era el presidente mundial de los Partidarios de la Paz. Hablamos extensamente. Le inquietaba que la opinión pacifista no pesara debidamente en la India, no obstante que la India siempre tuvo reputación de ser el país pacífico por excelencia. El propio primer ministro. el Pandit Nehru, tenía fama de ser un adalid de la paz, una causa tan antigua y profunda para aquella nación.

Joliot Curie me dio dos cartas: una para un investigador científico de Bombay y otra para entregársela en sus manos al primer ministro. Me pareció curioso que se me hubiera designado precisamente a mí para un viaje tan largo y una tarea al parecer tan fácil. Tal vez contaba mi amor nunca extinguido por aquel país donde pasé algunos años de mi juventud. O bien el hecho de que había recibido yo en ese mismo año el Premio de la Paz, por mi poema "Qué despierte el leñador", distinción que también le fue otorgada entonces a Pablo Picasso y a Nazim Hikmet.

Tomé el avión para Bombay. Treinta años después volvía a la India. Ahora no era una colonia que luchaba por su emancipación sino una república soberana: el sueño de Gandhi, a cuyos congresos iniciales asistí en el año 1928. Ya no quedaría vivo tal vez ninguno de mis amigos de entonces, revolucionarios estudiantiles que me confiaron fraternalmente sus historias de lucha.

Guardé silencio algunos minutos que estimé larguísimos. Me parecía que Nehru no tenía ningunas ganas de decirme nada, pero no demostraba tampoco la menor impaciencia, como si yo pudiera quedarme allí sentado sin ningún objeto, apabullado por la sensación de hacerle perder el tiempo a un hombre tan importante.

Consideré imprescindible decirle algunas palabras sobre mi misión. La guerra fría amenazaba con hacerse incandescente de un momento a otro. Un nuevo abismo podía tragarse a la humanidad. Le hablé del terrible peligro de las armas nucleares. Y de la importancia de agrupar a la mayoría de los que quieren evitar la guerra.

Como si no me hubiera escuchado, continuó en su ensimismamiento. Al cabo  de algunos minutos dijo:

-Sucede que los de uno y otro bando se golpean mutuamente con los argumentos de la paz.

-Para mí -respondí-todos los que hablen de paz o quieran contribuir a ella, pueden pertenecer al mismo bando, al mismo movimiento. No queremos excluir a nadie sino a los partidarios de la revancha y de la guerra.

El silencio continuó. Comprendí que la conversación había terminado. Me levanté y le alargué la mano para despedirme. Me la estrechó en silencio. Cuando ya me dirigía hacia la puerta, me preguntó con cierta amabilidad:

-Qué puedo hacer por usted? No se le ofrece nada?

[…]




Dos veces visité a China después de la revolución. La primera fue en 1951, año en que me tocó compartir la misión de llevar el Premio Lenin de la Paz a la señora Sung Sin Ling, viuda de Sun Yat Sen.

Recibía ella esa medalla de oro a proposición de Kuo Mo Jo, vicepresidente de China y escritor. Kuo Mo Jo era, además, vicepresidente del comité de premios, junto con Aragón. A ese mismo jurado pertenecíamos Anna Seghers, el cineasta Alexandrov, algunos más que no recuerdo, Ehrenburg y yo. Existía una secreta alianza entre Aragón, Ehrenburg y yo, por medio de la cual logramos que se le otorgara el premio en otros años a Picasso, a Bertolt Brecht y a Rafael Alberti. No había sido fácil, por cierto.

Salimos hacia China por el tren transiberiano. Meterme dentro de ese tren legendario era como entrar en un barco que navegara por tierra en el infinito y misterioso espacio. Todo era amarillo a mi alrededor, por leguas y leguas, a cada lado de las ventanillas. Promediaba el otoño siberiano y no se veían sino plateados abedules de pétalos amarillos. A continuación, la pradera inabarcable, tundra o taigá. De cuando en cuando, estaciones que correspondían a las nuevas ciudades. Bajábamos con Ehrenburg para desentumecernos. En las estaciones los campesinos esperaban el tren con envoltorios y maletas, hacinados en las salas de espera.

Apenas nos alcanzaba el tiempo para dar algunos pasos por esos pueblos. Todos eran iguales y todos tenían una estatua de Stalin, de cemento. A veces estaba pintada de plata, otras veces era dorada. De las docenas que vimos, matemáticamente iguales, no sé cuáles eran más feas, si las plateadas o las áureas. De vuelta al tren, y por una semana, Ehrenburg me entretenía con su conversación escéptica y chispeante. Aunque profundamente patriótico y soviético, Ehrenburg me comentaba en forma sonriente y desdeñosa muchos de los aspectos de la vida de aquella época.

Ehrenburg había llegado hasta Berlín con el Ejército Rojo. Fue, sin duda, el más brillante de los corresponsales de guerra entre cuantos han existido. Los soldados rojos querían mucho a este hombre excéntrico y huraño. Me había mostrado poco antes en Moscú dos regalos que esos soldados le habían hecho, tras desentrañarlos de las ruinas alemanas. Era un rifle construido por armeros belgas para Napoleón Bonaparte,    y dos tomos minúsculos de las obras de Ronsard, impresos en Francia en 1650. Los pequeños volúmenes estaban chamuscados y manchados de lluvia o sangre.

Ehrenburg cedió a los museos franceses el bello rifle de Napoleón. Para qué lo quiero?, me decía, acariciando el labrado cañón y la bruñida culata. En cuanto a los libritos de Ronsard, los guardó celosamente para sí.

Ehrenburg era un francesista apasionado. En el tren me recitó uno de sus poemas clandestinos. Era una corta poesía en que cantaba a Francia como si hablara a la mujer amada.

Digo que el poema era clandestino porque era la época en Rusia de las acusaciones de cosmopolitismo. Los periódicos traían con frecuencia denuncias oscurantistas. Todo el arte moderno les parecía cosmopolita. Tal o cual escritor o pintor caía y se borraba su nombre de pronto bajo esa acusación. Así es que el poema francesista de Ehrenburg debió guardar su ternura como una flor secreta.

Muchas de las cosas que Ehrenburg me daba a conocer, desaparecían luego irreparablemente en la sombría noche de Stalin, desapariciones que yo atribuía más bien a su carácter protestatario y contradictor.

Con sus mechones desordenados, sus profundas arrugas, sus dientes nicotinizados, sus fríos ojos grises y su triste sonrisa, Ehrenburg era para mí el antiguo escéptico, el gran desengañado. Yo recién abría los ojos a la gran revolución y no había cabida en mí para siniestros detalles. Apenas sí disentía del mal gusto general de la época, de aquellas estatuas embadurnadas de oro y plata. El tiempo iba a probar que no era yo quien tenía la razón, pero creo que ni siquiera Ehrenburg alcanzó a comprender en su extensión la inmensidad de la tragedia. La magnitud de ella nos sería revelada a todos por el XX Congreso.




[…]

[Años después, desde Colombo, Sri Lanka], volamos a través de la India con Jorge Amado y Zelia, su mujer, [nuevamente con dirección a China]. Los aviones hindúes viajaban siempre repletos de pasajeros enturbantados, llenos de colores y canastos. Parecía imposible meter tanta gente en un avión. Una multitud descendía en el primer aeropuerto y otra muchedumbre ingresaba en su lugar. Nosotros debíamos seguir hasta más allá de Madrás, hacia Calcuta. El avión se estremecía bajo las tempestades tropicales. Una noche diurna, más oscura que la nocturna, nos envolvía de repente, y nos abandonaba para dar sitio a un cielo deslumbrante. De nuevo el avión se tambaleaba; rayos y centellas aclaraban la oscuridad instantánea. Yo miraba cómo la cara de Jorge Amado pasaba del blanco al amarillo y del amarillo al verde. Mientras tanto él veía en mi cara la misma mutación de colores producida por el miedo que nos agarrotaba. Comenzó a llover dentro del avión. El agua se colaba por gruesas goteras que me recordaban a mi casa de Temuco, en invierno. Pero estas goteras no me hacían ninguna gracia a 10 000 metros de altura. Lo gracioso, sí, fue un monje que venía detrás de nosotros. Abrió un paraguas y continuó leyendo, con serenidad oriental, sus textos de antigua sabiduría.

Neruda, Amado y Anna Seghers

[…]

Neruda y Jorge Amado


Durante toda la travesía del Yang Tse, Jorge Amado me pareció nervioso y melancólico. Innumerables aspectos de la vida en el barco le molestaban a él y a Zelia, su compañera. Pero Zelia tiene un humor sereno que le permite pasar por el fuego sin quemarse.

Uno de los motivos era que nosotros veníamos a ser involuntariamente privilegiados en la navegación. Con nuestros camarotes especiales y nuestro comedor exclusivo nos sentíamos mal, en medio de centenares de chinos que se amontonaban por todas partes de la embarcación. El novelista brasileño me miraba con ojos sarcásticos y dejaba caer alguno de sus comentarios graciosos y crueles.

La verdad es que las revelaciones sobre la época staliniana habían quebrantado algún resorte en el fondo de Jorge Amado. Somos viejos amigos, hemos compartido años de destierro, siempre nos habíamos identificado en una convicción y en una esperanza comunes. Pero yo creo haber sido un sectario de menor cuantía; mi naturaleza misma y el temperamento de mi propio país me inclinaban a un entendimiento con los demás. Jorge, por el contrario, había sido siempre rígido. Su maestro, Luis Carlos Prestes, pasó cerca de quince años de su vida encarcelado. Son cosas que no se pueden olvidar, que endurecen el alma. Yo justificaba ante mí mismo, sin compartirlo, el sectarismo de Jorge.

El informe del XX Congreso fue una marejada que nos empujó, a todos los revolucionarios, hacia situaciones y conclusiones nuevas. Algunos sentimos nacer, de la angustia engendrada por aquellas duras revelaciones, el sentimiento de que nacíamos de nuevo. Renacíamos limpios de tinieblas y del terror, dispuestos a continuar el camino con la verdad en la mano.

Jorge, en cambio, parece haber comenzado allí, a bordo de aquella nave, entre los desfiladeros fabulosos del río Yang Tse, una etapa distinta de su vida. Desde entonces se quedó más tranquilo, fue mucho más sobrio en sus actitudes y en sus declaraciones. No creo que perdiera su fe revolucionaria, pero se reconcentró más en su obra y le quitó a ésta el carácter político directo que penúltimamente la caracterizó. Como si se destapara el epicúreo que hay en él, se lanzó a escribir sus mejores libros, empezando por Gabriela, clavo y canela, obra maestra desbordante de sensualidad y alegría.


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