martes, 7 de mayo de 2013

Luis Martín Santos: Tiempo de silencio

-¿Son ésas las chabolas? -preguntó don Pedro señalando unas menguadas edificaciones pintadas de cal, con uno o dos orificios negros, de los que por uno salía una tenue columna de humo grisáceo y el otro estaba tapado con una arpillera recogida a un lado y a cuya entrada una mujer vieja estaba sentada en una silla baja.
-¿Ésas? -contestó Amador-. No; ésas son casas.
Tras de lo cual continuaron marchando en silencio por un trozo de carretera en que los apenas visibles restos de galipot encuadraban trozos de campo libre, en alguno de los cuales habían crecido en la primavera yerbas que ahora estaban secas.
Amador añadió:
-Cuando se vinieron del pueblo yo ya se lo dije, que no encontraría nunca casa. Y ya estaba cargado de mujer y de las dos niñas. Pero él estaba desesperado. Y desde la guerra, cuando estuvo conmigo, le había quedado la nostalgia. Nada, que le tiraba. Madrid tira mucho. Hasta a los que no son de aquí. Yo lo soy, nacido en Madrid. En Tetuán de las Victorias. De antes de que hubiera fútbol. Y él se empeñó en venirse. A pesar de que se lo tenía advertido, que no viniera, que la vida es muy dura, que si en el pueblo es difícil aquí también hay que buscársela, que ya era muy mayor para entrar en ningún oficio, que sólo quieren mozos nuevos. Que, sin tener oficio, iba a andar a la busca toda la vida, que nunca encontraría cosa decente. Todo, todo se lo advertí. Pero a él le había entrao el ansión porque estuvo aquí en la guerra. Y nada, que se vino. Todo vino a caer sobre mí. Porque que si somos o no somos primos, que si tu madre y mi madre estuvieron de parto en el mismo día, que si cuando tu madre se vino a Madrid la mía estaba sirviendo en casa del médico y que si eran de venirse las dos; total que me encontré de improviso a toda la familia sobre mis hombros, como aquel que dice.
Claro que yo no me apuro y le canto las verdades al lucero del alba, que es lo que hice. Porque por de pronto se me metieron en la cocina con un colchón que había traído del pueblo y allí a dormir, todos arrejuntados. Las niñas estaban así, como mi dedo, tenían unas piernecitas que daba grima verlas. Pero yo no quise dejarme ablandar. Si sabré yo que la vida es dura, si le habría dicho yo que nanay, que por ahí no. No sé qué creía que yo le iba a realquilar. Pero cómo voy a realquilar a un amigo si entonces sí que se pierden las amistades para siempre y acabaríamos un día a cuchilladas. No por mí, sino por él. Porque aunque le aprecio comprendo que es muy burro. Es exactamente un animal. Y siempre con la navaja encima a todas partes. Entonces, para quitármelo de encima, es cuando le busqué lo del laboratorio, porque él es un negao que nunca habría sabido encontrarse el con qué.
-¿Se colocó en el laboratorio?
-No. Pero yo le puse para que trajera, de donde fuera, las bestias. Él es que no sabía hacer nada, lo que se dice nada. En el pueblo tampoco sabía ni trabajar. Es muy bruto, pero un flojo para el trabajo. El que no sepa trabajar por lo menos tiene que tener salero para saberlo buscar. Pero él ni eso. Allá no sé cómo no se moría de hambre. Claro que se ha ido espabilando. Creo que el padre de la mujer tenía una piecita; pues él nada, la malbarató. Y venga con que nos tenemos que ir, nos tenemos que ir, hasta que se vino. La mujer una mártir. Las hijas, luego se han repuesto algo.
-Pero él ¿qué hacía en el laboratorio?
-Lo dicho. Traer las bestias. Los sujetos de la experimentación como decía el difunto don Manolo. Ir a la perrera y comprar perros no reclamaos, antes de que los reclamen. O conchabarse con el de la perrera para no devolverlos a los que no tienen con qué y luego sacarse así unos duros. Siempre se tiene más seguro lo que paga el instituto y las propinas que dan algunos señores doctores. El difunto don Manolo nunca dio propi pero le enseñó mucho. Así aprendió a cazar los perros por su cuenta con lo que se ahorraba lo del de la perrera. Ganaba a dos paños, Otros, los becarios del primer año, que quieren acabar su tesis en dos meses, son los que le pagaban los perros más caros, cuando él hacía como que ya no había perros en el mundo y los retrasaba hasta que subían los precios, como un tendero, mientras, en la chabola todo el pan se lo comían los perros y las niñas lloraban que era una delicia. Los gatos son más difíciles, pero por fin aprendió. Tenía astucia para eso. En el pueblo lo que él era es furtivo, cada vez que sacaba una escopeta de Dios sabe dónde que nunca tuvo para comprar una. Él goza cogiendo un gato aquí, un perro por allá. Le gustaba coger los caracoles en la vega del Tajo, que los hay. No como en este condenado campo que no da ni para caracoles.
-Y tú, ¿por qué no te dedicabas a traer los perros?
-Eso hacía hasta que llegó él. Pero si no le busco salida todavía los tengo encaramados en mi cocina con su colchón y todo. Además yo tengo lo oficial de mi sueldo y para qué más, no hay que ser avaricioso. Claro que le cobro la tarifa.
-¿Cómo?
-Claro: a cada tanto tanto. A cada perro o gato que me vende, como yo soy del que le proporciona, pues tanto. No iba a abusar encima. Él me está agradecido y lo paga a gusto, porque a mí nada me era extraño de quitármelo de encima y poner otro. Pero claro que no me tienta hacerlo, porque al fin y al cabo somos como parientes y tiene muy malas pulgas y no me gusta la navaja esa que lleva a todas partes. No. Yo me entiendo con él. Desde que estuvimos juntos en guerra. Lo malo para él fue cuando empezó a hacer lo que no debía hacer. Los perros olvidados de los de las tesis, que en cuanto han hecho la cosa en dos o tres dicen treinta o cuarenta en la referata y ponen lo que tenga que salir aunque ellos no lo hayan visto y se olvidan de que tienen un gato con los alambrillos dentro o un perro con su goma colorada dentro de la tripa y hala, hala a ganar dinero. Lo peor fue que él también vino a olvidarlo y es cuando vendió al nuevo un gato con los alambritos y se vino abajo todo el pastel. Ya comprendió que yo tenía que echarle toda la culpa a él.
Pero el Mediodoble se empeñó en que no pisara más el instituto y para mí es una lata porque tengo que ir a buscar las bestias y tenemos que cambiarlas de jaula en medio de la calle, o en el Retiro, cuando no hay nadie cerca, pero expuestos a cualquier cosa, máxime con los gatos que nunca se acaba de aprender a cogerlos.
-Y oye, ¿dónde cría los ratones? ¿Viven todos revueltos? ¿Juegan las niñas con los ratones?
-Las niñas ya no están en edad de jugar sino de otra cosa.
-Pero ¿podrían contagiarse?
-Yo qué sé.
-Quisiera saber si han podido contagiarse.
-Eso usted lo verá. Lo que pasa es que, a los pobres, nada se les contagia. Están ya inmunizados con tanta porquería.
Luis Martín Santos, Tiempo de silencio (1962).

Más información en el blog Tercer Bando: "Gritos experimentales".

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